SERVIR Y PROTEGER

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"Tiempo que pasa, verdad que huye" Edmond Locard (1877 - 1966)

viernes, 23 de septiembre de 2011

La insólita comedia del sopapo

En el verano europeo, una familia de vacaciones se dispone a embarcar en un crucero por los fiordos escandinavos. Están en la vereda de un restaurante: es un matrimonio con dos chicos y discuten porque el mayor, de 12 años, se ha emperrado en que no le gusta el restaurante y se resiste a entrar. Un griterío. De repente, según testigos, el chico rebelde recibe una bofetada. Llegan los agentes del orden, le ponen esposas al padre y se llevan a toda la familia al cuartel de policía. Lo que sigue parece de pesadilla: dos noches de calabozo para el padre, incomunicado; la madre y el hijo rebelde separados, en la comisaría, en pabellones opuesto, y luego... un tribunal para enjuiciar al agresor.

Estamos en Estocolmo y este proceso está contemplado en las leyes suecas, que, como también ocurre en Estados Unidos y en otros países, sancionan severamente el castigo a un menor. El detenido es un italiano, Giovanni Colasante, 46 años, manager de una empresa de informática y consejero municipal en Canosa de Apulia. Está acusado de "maltrato", delito por el que allí se prevé una pena de hasta dos años de reclusión. El hombre se llamó a silencio. "Está asustado y teme que cualquier cosa que diga pueda ser tergiversada", dijo a la prensa el abogado italiano del "reo", Giovanni Patruno (a su defensa se sumó luego un abogado sueco).

La delirante controversia siguió en el tribunal. El día del proceso debía realizarse una "reconstrucción precisa del hecho". ¿Cómo la habrán hecho? ¿En el lugar del "delito", tal vez? Hay que imaginar la escena: policías y magistrados frente al restaurante; un oficial traza una cruz con tiza en la vereda e indica: aquí estaba el niño. Otra cruz: desde aquí partió el acusado para tironear del brazo a la víctima. Hasta llegar al momento del presunto impacto (el abogado niega que haya habido schiaffo ). Un oficial escribiente toma apuntes en una notebook? Es una pena que Mario Monicelli y Dino Risi ya hayan partido de este mundo: se habrían disputado el argumento para otra de aquellas commedie all'italiana en las que transcribían con ironía asuntos grotescos de la realidad.

Otro ingrediente de commedia : quienes buchonearon a la policía "la historia del sopapo" fueron testigos de nacionalidad libia (nada menos). ¿Habrá habido un malentendido idiomático? Libios balbuceando en inglés a policías que "escuchan" en sueco una historia de una familia pugliese? El crucero por los fiordos debía durar una semana, pero la familia Colasante no participó. Sus dos niños volvieron a Italia acompañados por sus tíos. El "reo", bajo proceso, no pudo abandonar Suecia y permaneció allí, acompañado por su mujer.

"En Suecia, la legislación es muy severa para con los maltratos familiares -informa el abogado-, pero en este caso no lo hubo: fue un reto ejecutado con vehemencia, no más que eso. Si la tutela de los niños es primordial, yo me pregunto: ¿se protege a los niños poniéndole esposas al padre ante sus ojos? ¿Se cuida a un niño cuando, como en este caso, se lo lleva a la comisaría y allí se lo separa de la madre? Por dos días la mujer no supo nada del marido, incomunicado. Es desproporcionado, aun en el supuesto caso de que haya habido una bofetada."

Lo grotesco de la situación, que deviene tragicómica, esconde un trasfondo serio que compromete a un aspecto central de la civilización: las vías para educar y formar personas. Hoy parece unánime la aceptación de que los recursos educativos "expeditivos" (castigos corporales, como los que despuntan en la narrativa de Dickens) nada tienen que ver con la pedagogía. Sin embargo, la realidad cotidiana indica que esa premisa no es tan universal. ¿Puede la ley cambiar los hábitos? La sanción al castigador de un chico, ¿puede modificar un sustrato cultural que tolera la punición física?

El consejero pugliese se debió haber preguntado: ¿Todo esto por la presunta cachetada a mi hijo? Cabría responderle: ahí sí; en Suecia las leyes son ésas. Hay un desfase evidente entre el código cultural de la Italia meridional y el código civil (y el penal) de un país escandinavo. Lo más arduo consiste en encontrar un punto de equilibrio: habrá que asumir que el castigo a menores, sea en el ámbito educacional como en la intimidad del hogar, es una aberración que ha de ser desterrada. No obstante, si la alternativa es una desorbitada legislación como la que se aplicó en el caso del desdichado "sopapo de Estocolmo", cabe recordar que una reprimenda no es un crimen, que a veces un chirlo oportuno pone límites a los desbordes y que, además, no hay ley que justifique condenar y arruinarle la vida a una familia.

Pero la condena llegó, y Colasante tuvo que pagar la multa establecida por el tribunal: 725 euros.

FUENTE: LA NACION

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