SERVIR Y PROTEGER

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"Tiempo que pasa, verdad que huye" Edmond Locard (1877 - 1966)

domingo, 5 de junio de 2011

CONDUCCIÓN SIGNIFICACIÓN GENERAL Y ESPECÍFICA

COMISARIO INSPECTOR (R) HUGO IGNACIO SILVA AUTOR DEL MANUAL DE CONDUCCIÓN POLICIAL

La voz “conducción” es de origen latino y está compuesta por: “con” y “ducere”.

A “ducere” lo encontramos en castellano formado otras palabras, tales como educar (edúcere); traducir (tradúcere); deducir (dedúcere); inducir (indúcere). Este sufijo indica acción, movimiento, dinámica y supone un punto de partida y una meta u objetivo a alcanzar.

Por ello el primer significado que de la palabra conducir nos da el Diccionario de la Real Academia Española, es: “llevar, transportar de una parte a otra”, y el segundo: “guiar o dirigir hacia un paraje o sitio”. En consecuencia retendremos como significación específica la de GUIAR, llevar, dirigir u orientar con que está teñido este término, cuando se refiere a organizaciones que, como la nuestra, tiene metas y fines permanentes, objetivos de bien común y extenso número de personal.

En estos primeros tramos, tendientes a irnos aproximando a nuestro tema central surgiría una cuestión que viene de antiguo, y en la que los tratadistas han sostenido distintos criterios: ¿La conducción es un arte o una ciencia? Veamos; la ciencia es el conocimiento de las cosas por sus causas, tiene dimensión racional. Sus principios esenciales se enseñan mediante los conceptos.

Se acepta que la ciencia es un sistema de conocimientos fundamentados y que tiene: objeto, métodos, teorías y leyes, afirmándose en la comprobación experimental.

El arte es un hacer que tiene su acento en la intuición, que es un conocimiento directo, inmediato de una realidad presente, es diríamos, un “pálpito”, un instinto superior que nos ofrece seguridad en una precisa observación inmediata. Por ejemplo es intuitivo el “ojo clínico” del médico o el “olfato policial” que permiten, en la mayoría de los casos, un diagnóstico certero de ambas profesiones.

Trataremos de profundizar un poco sobre estos dos aspectos de la actividad humana, que ha preocupado y ocupado durante siglos a pensadores y filósofos:

La ciencia es la investigación metódica de las leyes naturales, mediante la determinación y sistematización de las causas (la verdadera ciencia es la ciencia de las causas, dijo Bacon*). Las leyes naturales se tienen por relaciones inmutables, se enuncian por observación y, para ser consideradas tales, deben ajustarse a la relación causa-efecto en forma permanente. Los estudiosos, los investigadores, han ceñido desde antiguo esas leyes naturales a principios para constituir los fundamentos de la ciencia. Estos fundamentos –paradójicamente– en muchos casos han ido cambiando con el adelanto de las mismas ciencias.

Los principios científicos se establecen mediante el razonamiento, la observación y la experiencia. Todas las ciencias tienen un fin común: la explicación de las cosas; todas forman un “globus intelectualis”, como afirmó Bacon* y la mente humana es la fuerza que las reduce a un todo: la unidad mental, centro del círculo de la ciencia, que se expande continuamente, con nuevos descubrimientos.

La clasificación de las ciencias es una cuestión filosófica y, por ello, provisional y didáctica. Tomando en cuenta el objeto, se la ha dividido en física –también llamada positiva o práctica–, y en metafísica.

Las ciencias positivas se fundamentan en la observación y experimentación de los fenómenos, para descubrir y enunciar las leyes que lo rigen, sin intentar la explicación de sus primeras causas.

La metafísica estudia los conocimientos a los que no se pueden aplicar métodos experimentales y a los que se accede, de alguna manera, mediante teorías e hipótesis.

Kant* dividía las ciencias en positivas y matemáticas y A. Comte* sostuvo una subdivisión de las ciencias positivas en abstractas y concretas.

La palabra arte tiene su origen en la voz griega “téchne” y su equivalente latina “ars” por la que se entendía la destreza adquirida mediante la práctica constante encaminada a lo largo de un fin determinado. Modernamente, el término se aplica a aquellas actividades humanas que tienden a obtener un resultado de orden estético. No adheriremos en este trabajo a ninguna definición, ya que existen tantas como escuelas filosóficas.

Se distingue el arte de otras disciplinas, diciendo por ejemplo que no es ciencia ni filosofía, ya que no se extiende al dominio de nuestro saber científico o filosófico. La idea del arte como imitación de la naturaleza es muy antigua y ha sido sostenida menos que por Platón* y Aristóteles*.

Platón, en el famoso “mito de la caverna”, deja claramente explicada su posición y de que el mundo verdadero es el de las ideas y, éste, el de todos los días, es una mera sombra o remedo de aquél. El maestro de la Academia ateniense explica que la belleza es una idea que existe independientemente de las cosas bellas; la pintura, la poesía, la escultura, la música, la danza…son artes de imitación, mas no imitan la idea pura, sino lo que Platón llama: “las apariencias naturales que son su reflejo”, por lo que el arte, para este excepcional pensador viene a ser una imitación de lo que ya era imitación de por sí.

Aristóteles, simplemente reduce el arte a imitación, y se anticipa a Kant* en muchos siglos, al definir los placeres estéticos como “desinteresados”.

Plotino* expresa que el arte, para ser tenido por tal, debe trascender lo natural. Santo Tomás de Aquino* establece que el arte se inspira y actúa sobre el operar de la naturaleza y ésta, a su vez, sobre la creación divina; por ello le es imposible al arte producir forma alguna substancial. Ya en el Renacimiento –el período históricamente conocido de mayor y quizá mejor producción artística–

León Batista Alberti* y Leonardo Da Vinci* teorizaron que el artista es casi un “dios”, que en lugar de imitar a la naturaleza lo conoce según principios creados por la mente humana.

Hacia 1750, tiene lugar la creación de una nueva ciencia filosófica: la estética, también llamada “Filosofía del Arte”, siendo su fundador Alexander Baumgarten*, quien logró el reconocimiento de la autonomía de esta importante actividad humana.

Creemos que la conducción es a la vez un arte y una ciencia: para ejercerla en forma adecuada y eficaz es imprescindible haber nacido con una clara propensión para ella, tener el arte que es nato, congénito, que no lo da ninguna escuela… Pero se debe estudiar constantemente también, reflexionar, sacar conclusiones propias sobre la ciencia y la conducción.

Cuanto más alto es el nivel de la conducción, mayor es la obligación de estudiarla como ciencia, para mejor ejercerla como arte. La historia de los grandes artistas, tanto antiguos (Miguel Ángel*, Leonardo*, Rubens*), como modernos (Picasso*, Pettoruti* Le Corbusier*), nos lo muestran nacidos como creadores singulares, pero todos –sin excepción– hicieron el constante esfuerzo de practicar, profundizar y pensar la técnica propia de cada disciplina; plástica, arquitectónica, etcétera que abrazaron.

Tras una gran figura hay siempre un esforzado trabajador, un estudioso, un hombre que pensando y trabajando constantemente aprendió a forjar su propio sistema de pensamiento, su particular estilo, dejando un ancho surco para que transiten otros menos dotados y, sobre todo, menos forzados.

Nos ha parecido interesante –antes de continuar– mencionar lo que dice Juan Domingo Perón* en su libro “Conducción Política”, pág. 42: “…La antigua conducción política argentina, que muchos de ustedes conocen tan bien o mejor que yo, era la forma primaria de la conducción, o sea la conducción basada en el sentido gregario, natural del hombre de nuestro país.

Era una forma de caudillismo o de caciquismo; hombres que iban detrás de otros hombres, no detrás de una causa. Nadie preguntaba al conductor, fuera este conductor del todo o conductor de las partes, cuál era su programa, qué era lo que quería realizar. Le ponían un rótulo y era don Juan, don Pedro o don Diego y detrás de él seguía la masa. Era el sentido más primario de la conducción política”

A medida que citemos conductores, y el Gral. Perón lo fue, se coincida o no con su ideario político, comprobaremos que cada quien hace una especie de “creación” de su particular modo de guiar a sus seguidores.

Nosotros tenemos una suerte de seguridad racional de que se sigue al conductor y luego se acepta un sistema de pensamiento. De otro modo la relación que vincula a guía y guiadores no sería ese fenómeno mistérico que resiste la razón, sino efecto de causas lógicas, demostrables, científicas…

Esta relación que campea toda vinculación humana y que incluso se aprecia entre nosotros y el mundo animal y aun vegetal, sería fundante, causa de la posterior explicación racional. Primero queremos a una persona y luego la adoramos exaltando en nuestro interior sus virtudes y minimizando sus defectos, por eso, actos y actitudes que aceptamos en alguno repudiamos en otro. Si pasa al revés, alguien no nos gustó, aunque lo tratemos por razones de trabajo, parentesco o vecindad, ante el menor desliz surge la ruptura.

Hemos dicho que esta relación primaria se da con el mundo animal y quien ha tenido contacto con animales domésticos; perros, gatos, caballos, pájaros, habrá comprobado la simpatía, la verdadera comunidad de sentimientos, entre hombre y bestia, dicho esto sin ningún ánimo peyorativo. Este vínculo explicaría la facultad del domador que logra obediencia de animales agresivos. Por último recordaremos la connaturalidad de muchas personas con el mundo vegetal, en el campo se dice que “tiene buena mano” para plantar.

Los japoneses que, al parecer son los que más han adelantado en el estudio de esta relación, realizaron numerosas pruebas con parcelas testigos con otras idénticas a las que les ponen música clásica, resultando con una productividad mucho mayor estas últimas, también han hecho experimentaciones comprobando la productividad que cambia, según la persona que labora el sector sea mejor o peor aceptada por las plantas. Esto no es nuevo, ya Rubén Darío* que, como todo poeta verdadero es portavoz de los dioses, decía a principios de siglo la poesía lo fatal:

Dichoso es el árbol que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror…

y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,

ni de dónde venimos …!

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