SERVIR Y PROTEGER

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"Tiempo que pasa, verdad que huye" Edmond Locard (1877 - 1966)

domingo, 23 de enero de 2011

ESTUPOR EN GRAN BRETAÑA POR UNA TRAMA DE ESPÍAS Y TRAICIÓN

LONDRES.- La historia de por lo menos cuatro policías ingleses (tres hombres y una mujer) que pasaron casi una década infiltrados en grupos de ecoactivistas tiene a la opinión pública británica totalmente anonadada.

Sus casos evocan, por un lado, ese turbio mundo de las novelas de John Le Carré, en que los dobles agentes secretos construyen identidades falsas, en las cuales la verdad queda atrapada y daña tanto a quienes espían como a sus amigos y familiares.

Por el otro, su actuación motivó un amplio debate sobre la necesidad de vigilar a grupos que no son considerados terroristas, en especial, cuando, por lo menos en una ocasión, uno de los policías involucrados parece haberse convertido en un agente provocador, no sólo en Gran Bretaña, sino también en otros países.

Es el caso de Mark Kennedy, que es policía desde 1994, casado, con dos hijos, a quien la Asociación de Jefes de Policía (ACPO) reclutó en 2002 con la misión de infiltrarse en el grupo ecologista Tierra Primero.

Con un salario anual de 75.000 dólares, un nuevo pasaporte y licencia de conducir, Kennedy se convirtió en "Mark Stone", un soltero anarquista de pelo largo, tatuajes y pendientes, siempre listo para entrar en acción y con un insaciable apetito sexual.

Su bravado y simpatía, sumados a una camioneta, garantizaron su acceso a la granja del norte del condado de Yorkshire, donde se reunía la dirigencia de Tierra Primero.

La vida del grupo se repartía entre la organización de protestas pacíficas y la práctica de largas sesiones de guitarreo bajo el humo de la marihuana. La fanfarronería e inusual poder adquisitivo de "Stone" le ganaron el apodo de "Flash" (?ostentoso') y no tardaron en despertar sospechas.

Pero él presentó la coartada perfecta: dijo que se ganaba la vida guiando expediciones de alpinismo de lujo, lo que le dejaba tiempo libre para emplear sus talentos acrobáticos en la lucha contra el cambio climático, encadenándose al tope de un árbol o trepando a una central nuclear.

El camuflado policía adoptó "Flash" como su dirección de e- mail, y con ella se puso en contacto con numerosos grupos anticapitalistas y ecoactivistas en todo el continente.

Durante siete años viajó a 22 países para ayudar a organizar e incluso entrenar a los manifestantes que marcharon en contra de la cumbre del G-8 en Escocia, en 2005, y a favor de causas tan variadas como la de antifascistas en Alemania y ecologistas en Islandia, Irlanda y España.

En tanto, la esposa de "Stone", Edel Kennedy, una ferviente católica irlandesa, y sus hijos, de 10 y 12 años, seguían viviendo en el condado de Cork ignorándolo todo.

La fachada empezó a desmoronarse el 12 de abril de 2009, cuando la policía inglesa detuvo a 114 activistas, incluido "Stone", en una escuela de las afueras de Nottingham, acusados de estar planeando la toma de una central de la firma eléctrica Eon.

Dudas sobre su lealtad comenzaron a prosperar cuando el "topo" policial rechazó los servicios del abogado del grupo. En octubre pasado, por azar, uno de sus camaradas descubrió su verdadero pasaporte.

Kennedy emprendió entonces la fuga, pero pronto la emoción lo derrumbó. Por teléfono, desde Estados Unidos, confesó la verdad a sus compañeros de activismo y, más sorprendente aún, se ofreció a testimoniar a favor de los prisioneros. Esto provocó el colapso inmediato del juicio y la liberación de sus otrora colegas.

También condujo a parlamentarios de Alemania, Islandia, Irlanda y España a exigir información sobre si el policía británico operó en sus países con el conocimiento de las fuerzas de seguridad.

Entre sus ex compañeros, nadie recuerda con cariño a este judas. Una joven ecologista que mantuvo una veintena de encuentros sexuales con él se considera ahora víctima de una agresión, porque las relaciones fueron propiciadas por Kennedy como una táctica para obtener información. "Saber que alguien recibió dinero para tener sexo conmigo me hace sentir violada", dijo, con el nombre de "Ana", a The Guardian .

La ex esposa de otro policía encubierto, Andrew James Boyling, no se siente mejor. Ella lo conoció como "Jim Sutton", un activista que entre 1995 y 2005 participó en manifestaciones de una asociación en contra de los autos. Tras dos años de noviazgo, un buen día desapareció.

Un año después, volvió para confesarle que era un agente infiltrado. Enamorada, la chica lo disculpó y hasta aceptó cambiar de nombre para poder casarse con él sin que la policía se diera cuenta del desliz.

Con quien fue su vigilada, Boyling tuvo dos hijos, pero la decepción minó la relación y terminaron en divorcio. "Vivir en una mentira me hizo sentir como una prostituta a quien se la ignora y ni siquiera se le paga -señaló-. Los «topos» policiales usan los sentimientos y el sexo como medios legítimos para obtener información."

La mujer asegura que Boyling jugó a dos puntas: revelaba a los activistas la identidad de policías infiltrados y pasaba a sus superiores información sobre manifestaciones.

Jon Murphy, vocero de la ACPO, dijo: "Por ningún concepto, es aceptable que un policía se involucre en relaciones amorosas con las personas que investiga". La ACPO funciona como una organización privada que es contratada por entidades públicas, en este caso Scotland Yard. Eso les permite tanto a ella como a sus clientes operar fuera de la ley de libertad de información.

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