SERVIR Y PROTEGER

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"Tiempo que pasa, verdad que huye" Edmond Locard (1877 - 1966)

lunes, 31 de enero de 2011

ANALISIS DE UN ENFRENTAMIENTO: “EMBOSCADA”


Por: Francisco Pedro Herrero García.


En pocas ocasiones, la secuencia de un tiroteo, revela tantas “claves” para profundizar en las circunstancias que confluyen en los choques armados. Pero antes de analizarlas, quiero destacar el “espíritu de lucha” y el “valor” que demuestra el policía de la secuencia. Reaccionar a un ataque de esa naturaleza y luchar hasta el final, sin duda le hace acreedor de respeto y admiración.

Expresado nuestro reconocimiento pasamos, sin más, a comentar detalles que nos han llamado la atención, para que de su estudio extraigamos información útil o, en todo caso, sean motivo de reflexión y debate.

El nivel de alerta:

En un principio, la secuencia nos muestra una conversación aparentemente distendida, pero transcurridos unos segundos se aprecia que no es así. El permanente control visual que realiza el agente, sobre los ocupantes de los vehículos que circulan por la calzada, denota que, mentalmente, se encuentra en la denominada “condición amarilla”.

Intuimos que la conversación tiene un carácter reservado, por ello se realiza en el exterior del local, lejos de los oídos de los dependientes. Esto explicaría que el interlocutor del policía, también se mantenga atento al entorno.

De repente, algo fuera del objetivo de la cámara, interrumpe el diálogo y capta totalmente la atención de la pareja. Se trata de dos individuos jóvenes que caminan hacia ellos. Su manera de andar, su disposición espacial, uno detrás del otro; revelan que vienen preparados para la acción. Instantáneamente, el agente “lee” en el dúo, indicadores de agresión inminente y actúa. Su mente acaba de saltar desde la “condición amarilla” a la “condición naranja”.

La emboscada:

Es evidente que la acción estaba perfectamente premeditada y coordinada. Si observamos con detenimiento, segundos antes de la aparición en escena de los dos sospechosos; por la acera, a la espalda del policía, se distingue la silueta del tercer agresor que se dirige hacia el lugar. Se trata, sin duda, de un asesinato planificado cuya estrategia era coger a la víctima entre dos fuegos. ¿Sabían los asesinos que el agente se encontraría allí? Porque en ese caso alguien debió pasar dicha información a los agresores. ¿Fue detectada la presencia del agente en el lugar y el ataque se planificó sobre la marcha? No lo creo. La “traición” se huele en el ambiente o, como diría el personaje de Shakespeare, Hamlet: “algo huele podrido en Dinamarca”.

Efecto túnel:

Detectado el peligro y focalizada su atención en los sospechosos, el agente emprende un desplazamiento en diagonal, sin perder de vista la amenaza. Los asesinos se dan cuenta de que han perdido la iniciativa y no tienen más remedio que realizar una maniobra de distracción, entrando en el local.

La intensa concentración visual sobre la amenaza “cierra” al cerebro a otros estímulos que se encuentren fuera del campo de visión. Sólo así se explica que el agente no descubra al tercer asesino hasta que éste le dispara.

Enemigos múltiples:

En la secuencia se evidencia la incapacidad del sistema neurológico del ser humano, para afrontar a la vez diferentes amenazas. La ciencia ha demostrado que cuando la observación se centra en un estímulo (visual, auditivo, táctil, etc.), se dejan de percibir o al menos se amortiguan las señales provenientes de otros campos. De ello se deduce que, “negociar” simultáneamente con enemigos múltiples, constituye un desafío mortal a eludir por todos los medios.

La imposibilidad física para abarcar la mayor parte de las señales, indicios, gestos, etc., que confluyen en un acontecimiento, es un hecho. Todos hemos experimentado alguna vez, incluso en situaciones ordinarias como al conducir un vehículo, que el mantenernos absortos en nuestros pensamientos, compromete la capacidad de percibir el entorno o las habilidades para desarrollar una actividad. Tanto más si se trata de situaciones en las que está en juego nuestra supervivencia.

El desenfunde:

Llama la atención la habilidad del agente para desenfundar su arma. Da la sensación de que la porta en la ingle y eso le facilita un rápido desenfunde. Personalmente, es mi lugar preferido para llevar el arma cuando se viste de paisano. En la zona inguinal, noto que el arma se encuentra siempre accesible. De pié o sentado, puedo empuñar mi arma con facilidad. Eso sí, siempre recomiendo el uso de una funda rígida que permita enfundar con seguridad y con una sola mano. También es imprescindible que la funda venga provista de un dispositivo con nivel I de retención, para mantener el arma en la funda, incluso boca abajo.

No hace mucho descubrí una funda idónea para esta forma de transporte. En concreto es el modelo “Two O’clok” de la casa Comp-Tac. Este modelo mantiene la empuñadura del arma separada del cuerpo, lo que facilita un perfecto agarre y ofrece ventajas a la hora enfundar y desenfundar, especialmente, cuando se está conduciendo un vehículo.

El porte inguinal del arma, resulta incómodo para muchos policías y reservan este modo de transporte sólo para armas reducidas. Particularmente, siempre me he sentido cómodo y operativo portando en esa zona mis armas de servicio, desde una Llama M-82 en una funda Bianchi, pasando por la Star 28 PK, hasta la que hoy utilizo, la USP compact con la funda “Two O’clok”.

Movimientos de ataque y defensa:

Después de ver lo que le ocurre al agente, queda claro que caminar de espaldas es totalmente desaconsejable. Ante una amenaza, la acción instintiva de echar el tronco hacia atrás, provoca que los pies se rezaguen respecto del cuerpo y el centro de gravedad quede por detrás de los talones, perdiéndose la estabilidad. La caída de espaldas suele ser el desenlace de la mayoría desplazamientos en retroceso, incluso sobre superficies lisas.

Por el contrario, el agresor se mueve hacia delante buscando reducir distancia con la víctima y asegurar sus impactos. Únicamente, el fuego de respuesta del agente, apremia al asesino a retroceder en varias ocasiones. En sus repliegues, el agresor utiliza técnicas más adecuadas para un combate, permanece de perfil, agachado, con el arma hacia el blanco, el centro de gravedad bajo y los pies separados para proporcionarle estabilidad y movilidad.

Disparar a una o dos manos:

El principal agresor emplea una sola mano para disparar y efectúa cuatro disparos sobre la víctima, antes de que ésta pueda reaccionar. Por el contrario, aunque no se distingue con claridad, da la impresión que el agente no lleva a cabo ningún disparo mientras aún se encuentra de pie. Extraña que a pesar de que nada más producirse del ataque, el policía desenfunda y apunta con su arma al agresor, no haya fuego de respuesta. Suponiendo que el agente utilice un revólver, nos preguntamos: ¿qué puede haber ocurrido?, ¿quizá el agente ha provocado el bloqueo involuntario del cilindro con su mano izquierda?, ¿ha efectuado un intento fallido de amartillar el arma? No lo sabemos. Lo cierto es que se hacen eternos los segundos en los que el agresor dispara impunemente. Por fin, cuando desde el suelo el policía devuelve el fuego también lo hace empuñando con una mano. Sus disparos mantienen a raya al adversario que se ve obligado a retroceder, hasta que el agente se queda sin munición.

Aunque no se aprecia en las imágenes, por comentarios extraídos de los foros, sabemos el asesino, agotada su munición, se aproximó a la víctima inerte con la intención de arrebatarle el arma y rematar la “faena”. Por fortuna para el agente, su arma se encontraba descargada.

Con el eco de las primeras las detonaciones, los dos sospechosos que se encuentran en el local, salen con las armas en la mano. El primero empuñando un revólver con dos manos, hace fuego sobre al agente. Pero no parece que alcance su blanco.

Potencia de fuego:

“Lo que no hagas con los tres primeros disparos…” Hubo un tiempo en que compartía la filosofía que entraña esta frase. Durante los años en que fui partidario del revólver, creía en su veracidad. Hasta que los hechos, me hicieron descubrir que estaba equivocado y que la potencia de fuego es decisiva en la mayor parte de los enfrentamientos. La experiencia vivida por un compañero en un tiroteo me decidió totalmente por el uso de armas de “gran capacidad”. El incidente de referencia, tuvo lugar al intentar llevar a cabo la detención de un peligroso delincuente. Dotados de armas de ocho cartuchos y algún que otro revólver los agentes involucrados decidieron actuar por sorpresa. Pero en la fase de aproximación, algo salió mal, al delincuente debió parecerle sospechoso un ciudadano que circulaba por el lugar y repentinamente extrajo su arma del cinto y comenzó a correr, precisamente, hacia donde estaban los verdaderos policías. Apenas escuchó las voces de: ¡alto, policía!, el delincuente en fuga, abrió fuego. En este primer intercambio de disparos y en poco más de tres segundos, la mayor parte de los policías consumieron el 50% de sus cartuchos. Inconscientes de ello, iniciaron la persecución del delincuente. Éste, unas veces se parapetaba al doblar una esquina y apoyándose en la pared hacia fuego apuntado sobre los agentes. En otras ocasiones, después de una rápida carrera, se detenía bruscamente ocultándose detrás de algún vehículo y disparaba a la vez que tanteaba la distancia que le separaba de sus perseguidores, luego, reanudaba la huida. Ese era el momento en que se escuchaban algunos disparos de respuesta. Sistemáticamente el delincuente repetía esta táctica y sólo la expectativa de que el malhechor se quedara de un momento a otro sin munición, compensaba la frustración de no poder controlar la situación.

Pronto comenzaron a oírse los primeros “clicks” procedentes de las armas de los agentes. De los cinco, tres habían vaciado sus armas por completo. El cuarto, se detuvo a rellenar el cilindro de su revólver, pero la falta de práctica unida a los nervios, retrasaron la operación haciendo que se descolgara de la persecución. Mi amigo, gracias a que iba provisto de tiras de recarga, había podido rellenar en dos ocasiones el cilindro de su Smith y Wesson 357 Mag. de tres pulgadas , sin malgastar demasiado tiempo. Eso le permitió no perder de vista a su objetivo, pero de pronto, fue consciente de que se encontraba aislado. Tan solo unos veinte metros le separaban de aquél hombre que no iba a entregarse y que parecía poseer una fuente inagotable de munición. El policía desplazó el cilindro de su revólver y contó los cartuchos por percutir. Cinco cartuchos… sólo me quedan cinco cartuchos, se dijo. Súbitamente le vino a la mente un consejo que alguien le había dado: “un tirador de revólver, jamás vacía totalmente el tambor”. Hecho cuentas y concluyó: “en realidad no dispongo más que de tres cartuchos”. Tomó una decisión: “no dispararía a menos que fuese en una lucha cuerpo a cuerpo”. Se oían sirenas cada vez más cerca, era cuestión de tiempo que llegarán los refuerzos.

Ensimismado en estos pensamientos, había perdido de vista a su oponente. Ahora, desconocía donde se ocultaba su rival. El policía decidió permanecer inmóvil, de perfil, con la espalda aplastada contra la puerta metálica, los brazos a lo largo del cuerpo para que ninguna parte de su cuerpo rebasara los no más de veinte centímetros de dintel. Movió la cabeza hacia delante para dar un par de rápidos vistazos pero no distinguió nada. Giró la cabeza hacia la derecha sin despegarla de la puerta y apoyó la nariz sobre el marco de ladrillo. Después, lentamente, asomó primero su ojo izquierdo…, luego el derecho. Desde su posición escudriñó ambas aceras. Miró hacia las ventanas de los pisos bajos de la acera de enfrente buscando quizá una señal de algún vecino, pero nada. En cierto modo se sintió aliviado al pensar que el peligro había pasado. Era probable que el perseguido se hubiese escabullido y se encontrase ya, lejos de allí. De súbito, a través de la luna trasera de un R-5 rojo, vio aparecer primero el cabello y luego la frente del sospechoso. Después de recargar a cubierto su arma, el delincuente se preparaba para iniciar una nueva huida. Mi amigo comprendió que esta vez no podría seguirle. De disponer de munición suficiente hubiera intentado inmovilizarlo en esa posición, pero no la tenía. Entonces, sin intención de abrir fuego, levantó el arma hacia el sospechoso, el cual ignorante de la presencia de su perseguidor se disponía a abandonar su posición y gritó: “no te muevas”. La respuesta no tardó en producirse. Con un rápido gesto el hombre desapareció detrás del vehículo. Dos o tres segundos después, su mano derecha asomó por encima del capó. Sostenía el arma ladeada para evitar que una especie de tubo negro que sobresalía por la parte de abajo de la empuñadura, tocase en la chapa del vehículo. Comenzó a abrir fuego agitando el arma a derecha e izquierda para batir toda la zona. La hilada de disparos parecía no tener fin. El agente oyó chasquido de una bala al incrustarse a dos cuartas del marco que le protegía. Tres más, impactaron con sonido metálico en una farola cercana. El resto fueron absorbidas por vehículos estacionados en la zona. Más de una veintena de detonaciones se contabilizaron antes de hacerse el silencio. Cesó el fuego pero el agente no se movió. Permaneció inmóvil, pegado a la pared, temiendo que en cualquier momento se iniciara un nuevo tiroteo.

Habían transcurrido unos treinta segundos, cuando se escucharon ráfagas de armas automáticas en una de las calles adyacentes. Comprendió entonces que su adversario había abandonado el lugar y en su huída se había topado con alguna dotación policial. Acorralado y herido gravemente, no dejo de disparar hasta que por fin se quedó sin munición.

Cuando fue detenido el delincuente empuñaba una pistola FN Browning “High Power” del calibre 9mm P. que alojaba un cargador extralargo con capacidad para treinta cartuchos. Además, en una bolsa de cintura aparecieron tres cargadores vacíos con capacidad para trece cartuchos cada uno y unos cartuchos sueltos.

Después de este incidente, mi amigo juró que nunca más le faltaría munición, dejó su Smith Wesson en un cajón y aunque estuvo tentado a adquirir una FN HP al final se decidió por una CZ-75. Desde entonces ha cambiado de armas varias veces, pero siempre elige armas de gran capacidad y porta como mínimo, un cargador de repuesto.

Es evidente que los entornos urbanos en los que se desenvuelve la actividad policial aconsejan una exigente disciplina de fuego. Personalmente, no aconsejo el uso del arma, más que para defender una vida. Mi “filosofía” no contempla el uso del arma para detener vehículos, intimidar o herir. Simplemente porque en la ejecución de estos actos no puedo garantizar resultados no lesivos. No obstante, llegado a una situación límite, considero que la “potencia de fuego” de que disponga, es un factor clave para la supervivencia. El agente del vídeo hubiese multiplicado su capacidad de respuesta de haber empleado una semiautomática de gran capacidad.

Poder de parada:

Pocas veces, si hay alguna, se le presenta al policía la posibilidad de colocar un impacto en la zona de la cabeza de su atacante. La mayoría de los enfrentamientos son repentinos, inesperados, con rápidos e impredecibles movimientos del agente y su agresor, con limitados y parciales blancos, con baja visibilidad y obstáculos imprevistos, la proximidad al peligro y, todo ello aderezado por el estrés de una situación a “vida o muerte”.

El entrenamiento policial se orienta a impactar en la “Zona Central”, pero esto no es posible cuando el adversario sólo ofrece una pequeña parte de su anatomía o el ángulo de tiro no lo permite. La experiencia demuestra que las expectativas creadas por el entrenamiento se ven defraudadas en un altísimo porcentaje. Por otra parte, la probabilidad de impactar varias veces con un arma corta sobre el agresor disminuye con el movimiento de los contendientes y se reduce drásticamente transcurridos los primeros segundos y al aumentar la distancia entre los contendientes.

Con excepción de los disparos en el cerebro o en la médula espinal, la creencia en la incapacitación inmediata por impacto es un mito. El cuerpo humano es complejo e influyen en él tal cúmulo de factores físicos y psicológicos que en realidad el único factor de “control” del agente es la colocación del impacto en el cerebro o en la médula espinal.

Cada tiroteo es un evento único, no sometido a ninguna ley u orden físico que garantice una correlación entre hechos y resultados.

FUENTE: TIRO Y TACTICA POLICIAL

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