SERVIR Y PROTEGER

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"Tiempo que pasa, verdad que huye" Edmond Locard (1877 - 1966)

miércoles, 13 de octubre de 2010

LA PSICOLOGÍA DE LA SEGURIDAD: 3ª PARTE


EL RIESGO Y EL CEREBRO



El cerebro humano en un órgano fascinante pero un verdadero lío. Al haber evolucionado a lo largo de millones de años hay un montón de procesos agrupados en lugar de estar organizados de forma lógica. Algunos de los procesos están optimizados para ciertas situaciones, mientras que otros no funcionan tan bien como deberían y hay duplicidad de esfuerzos e incluso procesos conflictivos.

La gestión y reacción del riesgo es una de las cosas más importantes que tiene que hacer una criatura viva y hay una parte muy primitiva del cerebro que tiene ese trabajo. Es la amígdala y está encima de la columna vertebral en los que se llama el lóbulo medio temporal. La amígdala es responsable de procesar las emociones que vienen de los órganos sensoriales como la ira, defensividad y miedo. Es un parte muy vieja del cerebro y parece que se originó en los peces primitivos. Cuando un animal, lagarto, pájaro, mamífero o tú, ve, oye o siente un peligro potencial, la amígdala es la que reacciona de inmediato. Es lo que causa que la adrenalina fluya y que otras hormonas sean bombeadas a la corriente sanguínea, provocando la respuesta de lucha o evasión mientras se hace un análisis más sofisticado de la situación y tus opciones para enfrentarte a ella.

Los humanos tenemos un camino completamente diferente para analizar el riesgo. Es el neocortex, una parte más evolucionada del cerebro desarrollada recientemente, hablando desde el punto de vista evolucionario, y solo aparece en los mamíferos. Es inteligente y analítico. Puede razonar. Puede hacer más concesiones más arbitrarias y también es mucho más lento.

Aquí es donde encontramos el primer problema fundamental: tenemos dos sistemas para reaccionar frente al riesgo, uno primitivo e intuitivo y otro más avanzado y analítico pero ambos funcionan en paralelo. Y es duro para el neocortex llevar la contraria a la amígdala.

En el libro "Mind wide open", Steven Johnson relata un incidente cuando el y su mujer vivían en un apartamento y una gran ventana estalló durante una tormenta. Él se encontraba de pie cerca de la ventana en el momento en el que oyó el viento y acto seguido estalló la ventana. Tuvo suerte, un paso a un lado y estaría muerto pero el sonido del viento no puede olvidarlo:
"Desde aquella tormenta de junio, un nuevo miedo me ha entrado en el cuerpo: el sonido del viento silbando a través de una ventana. Ahora sé que la ventana estalló porque fue incorrectamente instalada... estoy convencido de que la ventana que tenemos ahora está correctamente instalada y confío en el supervisor cuando dice que aguantaría vientos huracanados. En los cinco años seguidos desde aquel junio hemos tenido docenas de tormentas que produjeron rachas de viento comparables a las que hicieron estallar la ventana y la ventana ha aguantado sin problemas."

Yo conozco todos estos datos pero aún así cuando hace viento y escucho el silbido del viento, noto como suben mis niveles de adrenalina... Parte de mi cerebro, la parte que tiene más yo, la parte que tiene opiniones del mundo que le rodea y decide cómo actuar basado en opiniones racionales, sabe que las ventanas con seguras... pero otra parte de mi cerebro quiere que me meta en el baño para no salir.[ 7]

Hay una buena razón para que la evolución haya cableado nuestros cerebros de esta forma. Si eres un primate de primer orden viviendo en la jungla y eres atacado por un león, tiene sentido desarrollar un miedo de por vida a los leones o al menos temer a los leones más que a cualquier otro animal por el que no hayas sido atacado. Desde la perspectiva del riesgo/recompensa, es una buena concesión a hacer desde el punto de vista del cerebro, si piensas sobre ello, no es tan diferente a que el cuerpo desarrolle anticuerpos contra el sarampión basado en una simple exposición. En ambos casos, tu cuerpo está diciendo: "Esto ha pasado una vez y es probable que vuelva a pasar, estaré preparado". En un mundo en el que las amenazas son limitadas, donde sólo hay unas pocas enfermedades y los depredadores afectan a un grupo reducido de una tribu que ocupa una porción reducida parcela de tierra, esto funciona.

Desgraciadamente, el sistema de miedo que el cerebro tiene no tan bien como el sistema inmunológico del cuerpo. Mientras que el cuerpo puede desarrollar anticuerpos para cientos de enfermedades, y esos anticuerpos pueden flotar en el torrente sanguíneo esperando un segundo ataque de la misma enfermedad, es más difícil para el cerebro enfrentarse a una multitud de miedos que duran una vida.

Todo esto está relacionado con la amígdala. El segundo problema fundamental es debido a que el sistema analítico en el neocortex es tan nuevo que aún tiene áreas inmaduras desde el punto de vista evolucionario. El Psicólogo Daniel Gilbert tiene un texto que explica esto muy bien:

"El cerebro es una máquina de descarte maravillosamente ingeniada que constantemente escanea el entorno para evadirse de las situaciones. Eso es lo que los cerebros han hecho durante varios cientos de millones de años, y desde hace pocos millones de años, el cerebro de los mamíferos aprendió un nuevo truco: predecir el tiempo y el lugar de los peligros antes de que pasen.

Nuestra capacidad para agacharnos frente a algo que aún no se nos viene encima es una de las innovaciones más importantes del cerebro, y no tendríamos hilo dental ni planes de jubilación sin ello. Pero esta innovación está en las primeras etapas de desarrollo. La aplicación que nos permite responder a bolas de baseball visibles que se nos vienen es antigua y segura, pero la utilidad complementaria que nos permite responder a amenazas futuras está en fase de beta testing[8]"

Mucho de lo que escribo en las siguientes secciones son ejemplos de cómo estas nuevas partes del cerebro se equivocan y no solamente en lo referente a los riesgos. Las personas no son ordenadores. No evaluamos concesiones de seguridad matemáticamente examinando las probabilidades relativas de diferentes eventos. En lugar de esto, tenemos atajos, reglas, estereotipos y vías, generalmente conocidas como "heurísticos". Esos heurísticos afectan a como pensamos sobre el riesgo, cómo evaluamos las probabilidad de eventos futuros, cómo calculamos costes y cómo hacemos concesiones. Tenemos formas de generar respuestas cercanas a lo óptimo rápidamente con capacidades cognitivas limitadas. En un maravilloso documento de Don Norman "Siendo analógico" se proporciona documentación sobre todo esto [9].

Daniel Kahneman que ganó un premio Nobel por parte de su trabajo en Economía, habla de cómo los humanos tienen que separar dos sistemas cognitivos: uno que intuye y otro que razona:

"Las operaciones del primer sistema son típicamente rápidas, automáticas, carentes de esfuerzo, asociativas, implícitas (no permiten introspección), y a menudo cargadas de emotividad. También son gobernadas por el hábito y por ello difíciles de controlar o modificar. Las operaciones del segundo sistema son lentas, en serie, llenas de esfuerzo, más probables a ser conscientemente monitorizadas y controladas deliberadamente, también son relativamente flexibles y potencialmente gobernadas por reglas [10]".

Cuando lees sobre los heurísticos que describo a continuación, se pueden encontrar razones evolucionarias para su existencia. Y la mayoría de ellos son aún muy útiles. [11] el problema es que pueden fallarnos, especialmente en el contexto de la sociedad moderna. Nuestra evolución tecnológica y social ha superado nuestra evolución como especie, y nuestros cerebros están atrapados con heurísticos que son mejores para vivir con pequeños y primitivos grupos familiares.

  Cuando esos heurísticos fallan nuestro sentimiento de seguridad difiere de la realidad de la seguridad.

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