SERVIR Y PROTEGER

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"Tiempo que pasa, verdad que huye" Edmond Locard (1877 - 1966)

domingo, 5 de abril de 2009

Mono con navaja


Terminó un verano caliente, lleno de tensiones, enfrentamientos, farándula sin códigos elementales de respeto, políticos en lucha preelectoral, crímenes y asesinatos salvajes, inseguridad, crisis económica mundial sin precedentes en las últimas décadas, más de veinte mil despidos diarios en Estados Unidos, país de oportunidades (¿?), endurecimiento de la posición eternizadora de poder en Venezuela, crujientes ruidos en las bases de gigantes asiáticos hasta ayer ejemplos de solidez; corralitos, corralones y derrumbes de bancos y empresas automotrices de un siglo de vigencia y pujanza; enfrentamientos entre nuestra Presidenta y la Corte Suprema, entre ciudadanos amedrentados por bandas de asesinos que operan libremente en zonas aparentemente liberadas con complicidad de autoridades de muy arriba que desprotegen a sus agentes más humildes so pretexto de falta de presupuesto (lo cual es real) y de falta de leyes (lo cual es parcialmente cierto); sequías, inundaciones, derrumbes, aludes de barro y pedidos de peligrosos extremos legales, como la pena de muerte, que no ha logrado disminuir la cantidad de crímenes en los Estados Unidos y que ha sido abolida en la mayoría de los países más importantes de Europa que han sido y son escenario de violencias, violaciones y asesinatos por robo, odio, xenofobias, homofobias y demás calamidades y, aun así, gobiernos de muy diversos tintes ideológicos han descartado su aplicación por la gran cantidad de errores de investigación, evaluaciones apresuradas y prejuicios varios que han llevado a la muerte a inocentes, tan inocentes a veces como las propias víctimas y otras no tanto, pues exhibían en sus historias faltas a las leyes como hurto, vagancia y ebriedad pero no homicidio.
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En un viejo melodrama de Hollywood, El extraño amor de Martha Ivers (1946), Barbara Stanwyck, especialista en mujeres de clase media alta desalmadas y pasionales, hacía el papel de una millonaria que, siendo adolescente, había empujado por las escaleras de la mansión familiar a su tía y tutora, una mujer perversa y autoritaria que la oprimía y asfixiaba con una disciplina extrema que incluía bastonazos y descalificaciones.
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Un compañerito de estudios, hijo del abogado de la familia, es testigo del asesinato y, de común acuerdo con la homicida, declaran ante las autoridades policiales y judiciales que la señora había sido atacada por un ladrón que la empujó y luego huyó; todos les creen a los "chicos asustados" (sobre todo porque la ahora heredera de la inmensa fortuna era dueña de media ciudad).
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Para que todo cierre bien buscan y encuentran a un borracho que había trabajado al servicio de la déspota, lo encarcelan, lo juzgan y gracias al testimonio de la "nena" el hombre es ahorcado. .
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Pasan los años y cuando alguien averigua y constata la falsedad de aquel horror y le echa en cara a la millonaria su actitud, la señora espeta, como sólo Barbara Stanwyck podía hacerlo, esta sentencia: "Era un borracho, un bueno para nada, un inútil; yo, en cambio, abrí fábricas, di trabajo y prosperidad. ¿Qué hubiera hecho él? Robar, matar.
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Seguramente, más tarde o más temprano, habría terminado en la horca. ¿Cuál es el problema?". Este dinosaurio pensaba que esas frases sólo podían estar en un melodrama hollywoodense pasado de moda. Me equivoqué. Hoy en día cualquiera puede decirlo a mi lado.
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Claro, no se refieren a inocentes, sino a presuntos culpables o a convictos y confesos, y yo los entiendo, y yo soy solidario con el dolor y no necesito ser amigo, familiar o conocido de las víctimas; me duele su muerte injusta como a cualquiera, pero si ya están abiertas tantas puertas del infierno, como la ignorancia, la miseria, la droga, la bajeza humana que puede florecer en cualquier clase social, la exclusión, el maltrato, la violencia y la falta de objetivos de vida, ¿hace falta abrir otra más?, ¿hace falta estimular el ojo por ojo?, ¿hace falta con nuestras instituciones en crisis, burocracia y corrupción desatadas, poner en práctica la pena de muerte con el enorme peligro de que, una vez instaurada, se aplique con la misma ligereza e impericia que en otras cosas menos graves ya hemos visto concretar en nuestro amado país?
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No se trata de proteger a asesinos irredentos que pueden ser nuestros verdugos en la primera de cambio y a todos nos aterrorizan y asquean. ¡No! Se trata de no agregar horror al horror y poner una navaja en las manos de un mono loco.
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El autor es actor y escritor

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