SERVIR Y PROTEGER

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"Tiempo que pasa, verdad que huye" Edmond Locard (1877 - 1966)

lunes, 19 de enero de 2009

vigilante de la noche COLOMBIA







Mientras muchos duermen, Bernardo de Jesús Gómez Jiménez, recorre en su bicicleta las sosegadas calles del barrio Bruselas.

A las 10:30 p.m., suena por primera vez el pito que se convierte en la cuota de tranquilidad de muchos vecinos que se aprestan a descansar y con el que Bernardo exorciza a los malhechores que acechan la zona.

“Sacrifico mi sueño para que otros duerman tranquilos”, asegura el hombre, de 60 años, quien lleva 12 trabajando como sereno.

Bernardo vigila cuatro cuadras del barrio Bruselas. Recorre alrededor de cuatro o cinco kilómetros sin parar de pedalear su vieja bicicleta, de la cual nunca se baja. Porque si lo hace “pierde el año”.

“No puedo bajarme de la bicicleta porque después me duermo y el ladrón aprovecha para hacer de las suyas”, cuenta el vigilante.

El pito lo carga colgado en su pecho y cada hora lo lleva a su boca para hacerlo sonar, ahuyentar a los ladrones y así no tener que enfrentarse con ellos.

“El pito se puede utilizar como alarma o como prevención. Yo lo utilizo como prevención, para que el ladrón se de cuenta de que por ahí anda un viejo sapo que le puede dañar la vuelta”, dice Bernardo quien fue agente de la Policía Nacional durante cinco años.

Su trabajo culmina a las 5:30 a.m., o seis de la mañana. Un último pitazo da por terminada la labor que vuelve a retomar a las 10:30 de la noche.

Bernardo a quien muchos vecinos le llaman el “San tropel vigilante”, no se acuesta a dormir una vez llega a su casa. Lo hace en horas de la tarde, entre las 5 y 8 p.m.

Aunque reconoce que no es un trabajo fácil y que es más bien desagradecido, ser sereno es lo que le ayuda con el sustento económico de su hogar.

“Hay gente que es descarada y que quieren que les vigile pero no pagan”.

La mayoría de los serenos que trabajan cuidando las calles de los diferentes barrios de Cartagena no posee seguridad social, uniformes y ni siquiera un carné que los acredite como tal. Ni mucho menos un radio de comunicación que les permita mantener contacto con la Policía Nacional. De eso se queja Bernardo quien vigila de lunes a viernes y gana entre 70 y 80 mil pesos.

Los sábados va a las casas que lo contratan a cobrar la pequeña suma que le pagan por su trabajo.

“Me gustaría siquiera contar con un radio teléfono que me permita tener comunicación con la policía. Porque muchas veces cuando veo algo sospechoso o necesito comunicarme con la policía lo hago con mi celular”, dice Bernardo.

LA PALABRA, SU ARMA

Bernardo no tiene ningún tipo de arma. Solo el pito y un bolillo, el cual ha utilizado pocas veces, pues en él no está el maltratar a los ladrones, sino más bien ahuyentarlos y advertirles que no vuelvan a acercase por la zona.

“Suelo charlar con los ladrones. Mi arma es la palabra. Yo ya me conozco a la gente y cuando veo a un tipo con actitud sospechosa y que no es de por aquí, le advierto que se vaya y lo amenazo con denunciarlo si lo vuelvo a ver”, cuenta Bernardo.

Durante sus 12 años de oficio, Bernardo, asegura nunca haber visto un fantasma o algo parecido.

“Los únicos espantos que he visto son a los vivos que he sorprendido intentando robar”.

El mayor temor de este hombre que durante más de 10 años fue vigilante de las diferentes sedes del Colegio Almirante Colón es que los bandidos estén al acecho de un robo y “me maten para poder proceder”.

Bernardo vive preocupado por la seguridad de su comunidad. Por eso le gustaría montar su propia empresa integral de vigilancia.

“Me gustaría que Distriseguridad me apoyara o el Distrito, para adquirir cinco bicicletas y cubrir más cuadras del barrio”.

Bernardo o el “San Tropel vigilante”, es un hombre que siempre está en la búsqueda de medios para ganarse la vida dignamente. Así sea sacrificando su sueño por la tranquilidad de otros.

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