SERVIR Y PROTEGER

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"Tiempo que pasa, verdad que huye" Edmond Locard (1877 - 1966)

lunes, 12 de enero de 2009

CRIMEN ORGANIZADO TRANSNACIONAL: DEFINICIÓN, CAUSAS Y CONSECUENCIAS (PRIMERA PARTE)


Las investigaciones sobre el crimen organizado, salvo las más osadas, comienzan con una introducción, en muchos casos autojustificatoria de los resultados, acerca de los problemas sobre el acceso a fuentes fiables para el estudio del fenómeno. Investigar el crimen desde cualquier perspectiva es una tarea compleja; de eso no hay duda.


Los dificultades que surgen al tratar de aplicar el método científico al crimen organizado ya fueron contempladas por los primeros estudiosos del fenómeno y marcan buena parte de su desarrollo posterior. Los científicos sociales de cualquier disciplina que se han adentrado en el tema han tendido a ser menos activos que otros actores que por obligación profesional, como las agencias de seguridad o los medios de comunicación de masas, en la recopilación de información acerca del crimen organizado.


Quizás el motivo sea que, como sugiere Polsky, muchos de ellos crean que es imposible hacerse sin superar el elemental dilema moral de realizar actos criminales como medio de ganarse la cooperación necesaria para la obtención de la información.() Las consecuencias de esta situación son que, como explica Albini.



No hay duda de que gran parte del material escrito en el ámbito del crimen organizado está muy lejos de ser académico por naturaleza, cayendo con demasiada frecuencia en un estilo periodístico y sensacionalista de escribir en el que la documentación de fuentes está ausente o bajo mínimos. A menudo estos escritos están abarrotados de valores cuyo resultado es la distorsión total de los hechos y, en muchos casos, la creación de disparates.



Desde que se escribieron estas palabras la academia no ha conseguido superar satisfactoriamente esta contradicción entre método y fuentes. No obstante, han aparecido excepciones relevantes cuyos resultados a menudo no estuvieron a la altura de la paciencia y el valor que requieren este tipo de investigaciones. Algunos especialistas, ya desde los momentos iniciales del estudio académico del crimen organizado se aventuraron a poner en evidencia esta supuesta imposibilidad del acceso a fuentes para la correcta evaluación del fenómeno.



En los años veinte, John Landesco llevó a cabo un estudio pionero sobre el crimen organizado en la ciudad de Chicago que "no sólo englobó la recopilación de fuentes escritas periodísticas y de otro tipo sino que, en la tradición de la escuela de Chicago, el desarrollo de contactos extensos con grupos criminales de la ciudad".


De este modo se introdujo el método de las entrevistas en profundidad con actores relevantes en el abanico de métodos para el estudio del crimen organizado. Siguiendo este mismo sendero de evitar el uso exclusivo de fuentes secundarias, tanto Ianni como Chambliss condujeron investigaciones posteriores, para los casos de Nueva York y Seattle, respectivamente, que implicaban la conjugación de grados diversos de observación participante con entrevistas con informantes clave.() Más recientemente Adler realizó un estudio que combinaba la observación participante y la entrevista con más de seis decenas de traficantes de drogas para comprobar su compromiso criminal en el suroeste de los Estados Unidos.



En los últimos años los estudios sobre el crimen organizado, a menudo inducidos desde la esfera pública al objeto de mejorar los mecanismos para contrarrestar sus efectos, han proliferado. Sin embargo, la tendencia a recurrir a fuentes secundarias, en especial procedentes de los medios de comunicaciones de masas o de diversas instancias gubernamentales, no sólo no ha disminuido sino que ha aumentado exponencialmente desde los niveles previos.



De algún modo, buena parte de los trabajos han implicado dar un prurito académico a la visión ya elaborada desde las agencias de seguridad encargadas de la persecución del crimen organizado y de su valoración como riesgo o amenaza a la seguridad nacional. Como dice Chambliss,
Es posible descubrir lo que está sucediendo 'ahí fuera'. No estamos permanentemente pegados a los informes gubernamentales y a las respuestas de los universitarios. Los datos sobre el crimen organizado y el robo profesional, del igual modo que otros sucesos supuestamente difíciles de estudiar, están mucho más disponibles de lo que tendemos a pensar. Todo lo que tenemos que hacer es salir de nuestros despachos y entrar en las calles. Los datos están ahí; el problema es que también muy a menudo los sociólogos no están ahí.



Pese a esta visión un tanto idílica de la investigación del crimen organizado tomando como base el acceso a fuentes primarias, este tipo de enfoque estar lejos de ser la panacea universal. La observación participante, aparte de los dilemas éticos que pueda plantear y de los riesgos en forma de peligro para la propia vida o de la comisión de delitos luego castigados que implica para el investigador, dar como resultado investigaciones con múltiples limitaciones.



El proceso de movilidad social ascendente dentro de un grupo criminal suele, por lo general, ser más rápido que en las organizaciones legales, pero el acceso a los niveles altos de la jerarquía delictiva implica un compromiso de largo plazo que conlleva la asunción de múltiples riesgos. En este entorno, el único camino a fuentes primarias se reduce a los escalones más bajos de la estructura organizativa, que a menudo tienden a fantasear acerca de procesos más complejos que ignoran.



Extrapolar el modo de funcionamiento de algunos grupos a otros apartados de una organización concreta o, más aún, entre diversas organizaciones criminales es muy problemático porque las diferencias son múltiples. Los niveles de cualificación, los grados de compromiso personal con la organización o la protección que se requiere del miembro, por poner sólo tres ejemplos, varían enormemente entre diversos apartados del negocio criminal.



Encarar el estudio a través de entrevistas con informadores relevantes que puedan superar las limitaciones propias de la observación participante, lo cual permiten alcanzar niveles superiores de la jerarquía organizativa sin asumir los considerables riesgos innatos a otras opciones, es, asimismo, un tarea compleja que puede desarrollarse a través de los contactos directos o por el recurso a las declaraciones de los criminales ante los tribunales o la policía una vez que son detenidos. En ambos casos el peligro de contaminación informativa es latente.



Es previsible que el criminal entrevistado, incluso previa garantía de su anonimato, tienda a minimizar su participación en actividad ilegales al objeto de evitar su incriminación, a negar sus conocimientos y, sobre todo, a confundir al investigador en la percepción de que su tarea, por moverse en el mundo de lo legal, es anexa a la del aparato jurídico. Si esta situación es muy evidencia en las declaraciones ante los tribunales, el contacto conseguido por otros cauces suele degenerar en el mismo tipo de información deficiente al utilizar los criminales al estudioso como un medio de propalar su inocencia.



Como afirma Naylor, al tratar los problemas metodológicos de la investigación del crimen organizado, "al mundo criminal le corresponde más que la proporción aleatoria de paranoicos graves y mentirosos compulsivos".



A esta carencia de acceso a la información puede unirse otra posibilidad no menos contaminante. La perspectiva de la reducción de sentencias que actualmente permiten muchas legislaciones a quienes colaboran con el sistema judicial o ante la percepción de lo que puede ser una biografía póstuma dentro de un sistema de valores desviado otorgan al informante privilegiado un incentivo muy alto para exagerar su importancia dentro de sus actividades, para inflar el y, sobre todo, para seguir las premisas dictadas por las agencias de seguridad conforme a un esquema preestablecido.



La desencaminada línea de debilidad argumental que pueden seguir este tipo de testimonios hasta convertirse en una hipótesis coherente a menudo se asemeja al modo en que los testimonios del mafioso italo-americano arrepentido Joseph Valachi se convirtieron, debidamente depurados por Donald Cressey, en una teoría sociológica de largo alcance sobre el crimen organizado sin mayor comprobación empírica o jurídica.() En palabras de Charles Rogovin, director de la Organized Task Force.



Me llevé a Cressey [Donald] y a Salerno [Ralph, investigador del crimen organizado de la policía de Nueva York que había interrogado al arrepentido Valachi] a una habitación y le dije a Ralph: "Ralph, dile a Don todo lo que sabes". Y le dije a Don: "Don, escríbelo". Así se escribió el ensayo de Cressey para la Comisión sobre el Crimen [Organizado].



Con Cressey se da un contradicción aún frecuente en el estudio del crimen organizado según la cual, mientras se reconoce en privado la poca fiabilidad de las fuentes, en público se escribe y se habla tomando prestadas sus palabras para construir modelos teóricos. El propio Cressey desaconsejó a un colega que entrevistase a Valachi, que había sido el fundamento casi exclusivo de su visión sobre la mafia italo-americana, con los argumento correcto y rotundo: "Sólo te dirá lo que piense que tú quieres oír".



Un cuadro similar puede presentarse en cuanto a los informes procedentes de las agencias de seguridad pública acerca del crimen organizado, que suele ser la principal fuente secundaria utilizada por los análisis académicos, en cuando su información suele reposar en delincuentes detenidos y sobre los datos proporcionados por confidentes. La espectacularidad del testimonio de éstos suele mostrar ciertos grados de proporcionalidad con respecto a los emolumentos recibidos, independientemente de la veracidad de sus palabras.



La información, o inteligencia en términos policiales, así generada presenta cuatro tipos de sesgos. Por una parte, este tipo de informes eliminan una parte sustancial de la realidad criminal al obviar la actividad de los informantes, que por lo general no suele ser una presencia menor en los mercados ilegales. Igualmente, la limitación de recursos para este tipo de contactos entre agencias de seguridad e confidentes en busca de información hace que esta tarea tienda a concentrarse sobre ciertos grupos o actividades criminales específicos por diversos motivos, como la presencia de éstos en los medios de comunicación, lo que en última instancia servirá únicamente para confirmar con los números las hipótesis iniciales realizadas sin esa información.



En consecuencia, este tipo de actividad policial suele ser más proclive a rellenar análisis previos con testimonios hablados que a investigar acríticamente a partir de los mismos. En tercer lugar,
el tipo de información necesaria para la persecución policial y el que se requiere para una comprensión completa de la naturaleza y operatividad de la economía criminal pueden ser bastante específicos. Comprender la economía criminal necesita datos que permitan al analista determinar si las transacciones están basadas en una línea jerárquica, en acciones dictadas por las costumbres y las convenciones o en decisiones del mercado.



Lo que podría parecer una parte de una conspiración corriente jerárquicamente controlada, en un análisis más minucioso podrían resultar un conjunto de tratos incidentales y comercialmente no relacionados. Cualquiera puede constituir una infracción de la legalidad por el que los culpables sean condenados. Pero podrían tener implicaciones muy diferentes para el entendimiento de la naturaleza global del crimen organizado.



Por último, la presentación en los informes de las agencias de seguridad del crimen organizado no va a estar extensa de los componentes corporativos. La fuerza emocional que posee el vocablo 'crimen organizado', en buena parte por sus reminiscencias literarias y cinematográficas, junto a su naturaleza ilegal que le otorga grandes posibilidades de moldeabilidad externa en su evaluación, facilitan la obtención de recursos y poderes adicionales, que en última instancia son una base de su funcionamiento burocrático. Levi da un ejemplo que puede ser ilustrativo de lo que ocurre en otros contextos:



La 'amenaza del crimen organizado' y 'la invasión de la mafia rusa' fueron utilizados para convencer a los políticos británicos y a otros agentes implicados para que creasen el Servicio Nacional de Inteligencia Criminal y el Grupo Nacional sobre el Crimen, descrito por los medios de comunicación (aunque lo negó el Ministro del Interior) como un 'FBI británico', asistido por el MI5 y el MI6.



O la propia existencia del crimen organizado puede ser una cuestión ocasional de enfrentamiento burocrático entre varias agencias de seguridad. A medio de ejemplo, un antiguo miembro de diversas agencias policiales en los Estados Unidos dio su versión sobre el nacimiento de la Cosa Nostra y de la fiabilidad de Valachi como fuente de información:



[Robert F.] Kennedy [entonces fiscal general de los Estados Unidos] siempre había creído en la Mafia. Esa creencia era uno de los mayores puntos de enfrentamiento, aunque no el único, entre él y el jefe del FBI [Federal Bureau of Investigation], J. Edgar Hoover. La posición del FBI, expuesta en repetidas ocasiones por Hoover a lo largo de los años, era que la Mafia no existía.



Todo crimen era de naturaleza local, de acuerdo a Hoover; no existía tal cosa como el crimen organizado. [...] Cuando leyó los reportes sobre Valachi, Kennedy se dio cuenta de que ahora contaba con la información que se necesitaba. [...] Se llegó a una negociación [al respecto de Valachi]. La vigilancia del juego de apuestas que hasta entonces había estado bajo la IRS [Internal Revenue Service], pasaría, como Hoover lo había querido desde hacía años, al FBI.



Hoover, por su parte, admitiría la existencia del crimen organizado y encauzaría recursos del FBI para luchar en su contra. Joe Valachi sería ofrecido al público norteamericano como evidencia. Todo saldría en televisión, y el FBI obtendría el crédito. [...] Sin embargo, había un punto de desacuerdo. Hoover insistía que al crimen organizado se le debía llamar de modo distinto a "la Mafia". Hubiera sido vergonzoso para él aceptar de repente el nombre que había negado tanto tiempo. [...]



Era común que Valachi empezara sus oraciones diciendo: "Lo nuestro era..." [James] Flynn [agente especial del FBI que actuó como interrogador y traductor] escuchó esa frase muchas veces. "Lo nuestro era hacer esto... Lo nuestro era hacer lo otro". Finalmente, el políglota Flynn simplemente tradujo de manera literal "lo nuestro" al italiano. La Mafia de repente se convirtió en La Cosa Nostra. Hoover obtuvo lo que quería: el FBI había descubierto la existencia de una conspiración maligna, secreta y siniestra, aún más diabólica que la mafia. [...] Cuando la gente del FBI terminó de interrogarlo, Valachi sólo decía lo que ellos querían escuchar. [...]



Tenía que aparentar que él sabía las cosas básicas, tales como quién lideraba el crimen en Nueva York. El FBI le proporcionaba la información para asegurarse de que apareciera como la autoridad creíble que ellos habían anunciado. [...] Valachi era una pieza pequeña, un actor periférico que de algún modo apareció como pieza clave. No pudo haber entendido su importancia porque ésta había traspasado la realidad de lo que él había sido y de lo que sabía.



Su fenómeno sería manufacturado de acuerdo al diseño de otros y él no pudo imaginar en ese momento cuál sería el papel. Aterrizó en el centro de una batalla política donde los puestos estaban en juego sobre la base de lo que él eventualmente pudiera decir acerca de la existencia y la extensión del crimen organizado en los Estados Unidos.



De hecho, buena parte de la preeminencia informativa que el crimen organizado ha tenido en los últimos años ha sido atribuida a la necesidad de los servicios de seguridad, que con la desaparición de la amenaza comunista se habían visto repentinamente despojados de su justificación.


Despojados siquiera simbólicamente de sus méritos por su victoria en la Guerra Fría, porque no se había escenificado en el terreno de batalla, los servicios secretos se enfrentaron entonces a las restricciones presupuestas propias de la década de los noventa y a una desorientación funcional. La desaparición de la amenaza soviética se llevó consigo cincuenta años de dedicación exclusiva en las que todas los esfuerzos se dedicaron a la escalada nuclear y al complejo militar-industrial.
Para romper esta dinámica retomaron un concepto de seguridad menos militarizado que floreció en el periodo de Entreguerras, analizaron los movimientos de la opinión pública y se movieron para recuperar el terreno perdido bajo la justificación de dos nuevas amenazas que en realidad eran muy antiguas: el terrorismo y el crimen organizado. Muchos otras agencias de seguridad interior y exterior han seguido este sendero como medio para expandir sus recursos y su poder.
La última fuente secundaria de información que ha jugado un papel fundamental en los estudios del crimen organizado es la información publicada en los medios de comunicación de masas. Lo que en principio pudiera aparecer como un punto positivo que muestra la proximidad temporal entre el análisis académico y el seguimiento más cercano a los hechos sociales, es, en su lugar, un modo de encubrir carencias importantes. Las publicaciones en los medios de comunicación suelen descansar de manera notable en informaciones procedentes de las agencias de seguridad o de los aparatos de justicia, con lo cual suelen presentar los mismos problemas antes referidos. Sin embargo, las dificultades para partiendo de estos datos fragmentados, que en principio son útiles para determinar la culpabilidad o la inocencia de los acusados pero que no suelen mostrar una dimensión completa del funcionamiento de la organización criminal, se amplifica dadas las características de los medios de comunicación.
Por una parte, éstos tienden a aplicar sobre la información un tratamiento en muchos casos sensacionalista que haga atractiva su presentación al pública. Ésta, asimismo, es una situación que comparte con la información generada por los propios periodistas mediante su fuentes concretos. Movidos por el interés mercantil y recogiendo un interés amplio de la opinión pública acerca del crimen organizado utilizan estos datos del modo que proporcionen el mayor rendimiento en ventas, que por lo general suele ser aplican una perspectiva fatua que convierte ciertos datos muy fragmentados y poco fiables en artículos coherentes.
Los miembros de la academia a menudo, de entre la multitud de datos e informaciones que presentan los medios de comunicación de masas, escogen aquellos que mejor cuadran con sus hipótesis iniciales para construir una teoría coherente.

En general, los objetivos de los medios de comunicación suelen, en consecuencia, tener objetivos muy diferentes a los de la explicación académica. Tienden a centrarse en la componente de violencia que pueden utilizar estos grupos dejando de lado otros valores de tipo empresarial y organizativo que pueden resultar de más difícil asimilación para la opinión pública y son extremadamente sensibles a exagerar o disminuir las relaciones entre el sistema político y el crimen organizado por presiones a favor o en contra de diversos grupos del sistema político. Se utiliza así el crimen organizado como un arma de deslegitimación política del adversario mediante una presentación a través de los medios de comunicación acorde con los objetivos propios de ciertos grupos políticos.
Es relativamente frecuente observar una línea de investigación que parte de la presentación interesada de los poderes públicos, pasa por los medios de comunicación y finalmente es recogida por los investigadores en la academia. El ejemplo más clásico es el del 'narcoterrorismo', un término acuñado por el embajador de los Estados Unidos en Colombia al calor de la toma del Palacio de Justicia de Bogotá por miembros del grupo terrorista M-19 que, sin pruebas contundentes, ha sido constantemente repetido tanto en los medios de comunicación como en artículos publicados en revistas especializadas.

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