SERVIR Y PROTEGER

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"Tiempo que pasa, verdad que huye" Edmond Locard (1877 - 1966)

miércoles, 3 de septiembre de 2008

MARAS Y PANDILLAS


Este es el segundo de una serie de tres artículos publicados en este mismo espacio, donde intento describir a los diferentes grupos que, creo, pertenecen a estas manifestaciones culturales, subculturas o modas tribales contemporáneas.
Haré referencia, entonces, a las maras y pandillas juveniles. Para desarrollar este articulo utilizaremos como referencia mi libro titulado “Maras, pandillas y desviación social”, de la Editorial Dunken, que publiqué en la 34 Feria del Libro de Buenos Aires, Argentina, entre los meses de abril y mayo del presente año, y que ya se encuentra disponible en Honduras.

Como lo señalaba en el primer artículo de esta serie, con el nombre de tribus urbanas se conoce a todas aquellas manifestaciones y movimientos culturales y contraculturales que se dan en las grandes ciudades del mundo.
Generalmente, las personas que pertenecen a estos grupos muestran de diferentes maneras, su inconformidad con la sociedad, su insatisfacción y su forma de revelarse contra el orden establecido, y que generalmente generan violencia.
Costa, Pérez Tornero, y Tropea definen este fenómeno como un “Conjunto de reglas especificas diferenciadoras, a las que el joven decide confiar su imagen parcial o global, con diferentes -pero siempre bastante altos- niveles de implicación personal”.

Como sabemos, la región centroamericana, es una de las más pobres del mundo, los índices de desarrollo humano, según datos de la PNUD, presentan niveles que se encuentran entre los más bajos del orbe, la mayoría de la población vive por debajo de la línea de la pobreza.
A esta problemática social se suma una de carácter político. A consecuencia del fin de la Guerra Fría se introdujeron cambios conceptuales en la región, la zona dejó de ser uno de los escenarios de la lucha ideológica que desde la posguerra habían mantenido las dos grandes potencias mundiales, lo cual dio como resultado, entre otras cosas, la proliferación de armas en manos de ciudadanos civiles sin ningún tipo de control por parte de los estados centroamericanos, lo cual trajo aparejado un fuerte y marcado aumento de la inseguridad.
Además, el fin de la Guerra Fría, la proliferación de armas en manos de civiles y el incremento en el número de delitos son temporalmente coincidentes con la aparición y propagación de las pandillas juveniles.

Estos grupos, desde su entrada en escena, empiezan a ser considerados como “amenazas emergentes” ahora vinculadas con el crimen organizado. Basta con repasar las cifras que se manejan para comprobar su influencia numérica en la región. La problemática ha alcanzado grandes proporciones; aunque no se tiene a ciencia cierta un número exacto de cuántos miembros pueden tener estos grupos, se cree, según la UCA, que “hay más de 50 mil jóvenes enrolados en este tipo de grupos en El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua”.

Como conducta desviada se entiende “toda conducta social que se aparta de la ‘normalidad’ prescrita en el marco de referencia de las normas y valores de un ambiente socio cultural”. Dejo aclarado desde ya que al referirme a conducta desviada no lo hago desde el análisis de la criminología, sino desde la perspectiva de la sociología, que analiza esa conducta como algo no necesariamente sancionado por la infracción a la norma del derecho positivo, pero sí sancionada desde el punto de vista social.

El fenómeno de la conducta desviada está íntimamente ligado a la generación de subculturas. Lo cual se entiende como “un segmento social que imparte determinadas pautas, costumbres, normas y valores, distintos a los valores presentes en una sociedad convencional”. En el caso de las maras y pandillas, el primer patrón de subcultura es que ellas se unen en torno a grupos etarios, a sistemas de socialización particulares, a una herencia cultural y a creencias e ideologías. Estos valores, son distintos a los presentes en una sociedad convencional, en este caso se desarrolla en forma paralela a la sociedad global hondureña, que desarrolla la personalidad del joven en principio dentro del ámbito del barrio y la comunidad local, para luego trasladarse a nivel nacional, regional y transnacional.

La MS XIII usa el número 13 porque el mismo se corresponde con la décimo tercera letra del abecedario, letra inicial de las palabras “marihuana” y “mexicano”, además, en la jerga pandilleril la “M” es usada para referirse a “la vida loca”, al placer que siente el individuo cuando está bajo los efectos de las drogas.
Aunque para otros MS 13 significa Mara Salvatrucha, expresión esta última que es producto de la contracción de las voces “El Salvador”, país de donde provenían la mayoría de sus miembros, y “trucha” que en sentido figurado y familiar significa persona sagaz y astuta, vivo, inteligente, avispado, poco escrupulosa en su proceder.

La pandilla 18 debe su nombre a la calle 18 de la ciudad de Los Ángeles, California, calle que indicaba el ingreso a los “ghetos” latinos de esa ciudad. Y que tiene mucha influencia de la cultura chicana o pachucos.

Estos grupos suelen caracterizarse no solo por la alta dosis de violencia que ejercen entre ellos mismos y contra personas que no pertenecen al grupo, sino también por la complejidad de su estructura grupal y el rápido crecimiento que tienen. Las maras y pandillas son grupos que viven en una especie de hermandad, que observa normas propias, siguen patrones de conducta definidas y respetan reglas y códigos, todo ello unido a un lema común: se vive y se muere por y para el barrio.

Los mareros han adoptado algunos modos característicos y propios; el lenguaje -verbal, gráfico y gestual- es uno de ellos; tienen ritos de iniciación, usan tatuajes como símbolos de méritos y jerarquía, usan una vestimenta identificatoria y caminan de cierto modo que les es propio.

Otra de las características de las maras es su permanente lucha con grupos rivales, sea por territorio, mercado u odio; lucha que se extiende también contra las autoridades políticas y las fuerzas de seguridad. El objeto de este accionar es imponer la propia voluntad, sin importar las consecuencias, aun en contra de la resistencia que se pueda encontrar, la lucha es encarnizada y a muerte. La violencia es el eje definitorio de la delimitación de poderes y segregación barrial.

Toda esta problemática de las maras y pandillas juveniles y la inseguridad que provocan, ha dado como resultado, entre otras cosas, que la sociedad le exija a los gobiernos que buscaran soluciones inmediatas a este fenómeno y enfrentaran el crimen que generaban estos grupos.

Las medidas de control ejercidas fueron las más impactantes y extremas que tomaron los estados de Honduras, El Salvador y Guatemala, y que por cierto, Nicaragua le dio un tratamiento diferente al problema, ya que su gobierno se orientó más a la prevención que a la represión del fenómeno pandilleril.El Estado hondureño respondió con dureza a los embates de las pandillas, endureció las penas y se creó una tipología legal para atacarlas.
Una las medidas de mayor significación fue, sin lugar a dudas, la reforma del artículo 332 del Código Penal hondureño, que popularmente se la conoce como la “Ley Antimaras”, dado que penaliza el hecho de pertenecer a ellas. Esta reforma penaliza el hecho de pertenecer a una asociación que se reúna con fines ilícitos, aunque no se cometa o se compruebe delito alguno.
Todas estas medidas contaron con el respaldo y apoyo popular.
El pueblo veía reflejada en ellas la respuesta que pretendía del Estado para hacer frente a la criminalidad, a la cual la interpretaba, como cuestión “única y exclusiva” de las maras y pandillas. El impacto fue positivo, ya que estos grupos se vieron acorralados y huían para evitar ser capturados por el delito de “asociación ilícita”; por cierto, su actividad anómica disminuyó; inclusive, según ellos manifiestan, se retiraron de las pandillas, para no ir a prisión o morir en algún enfrentamiento con las fuerzas de seguridad.

En las entrevistas mantenidas, al tratar este tema, algunos pandilleros me dijeron que esa fue la época más dura que vivieron, pero el problema radica en el hecho que el Estado estigmatizó legalmente a los miembros de las maras, al criminalizar su pertenencia a estos grupos y, más aun, estigmatizó el hecho de tener grabado un tatuaje en el cuerpo, por lo que, con este estigma, el joven tatuado es marero, y ser marero es equivalente a ser criminal. Por lo tanto, habría que deducir también que todo tatuado es criminal.

Al cabo de un tiempo de la aplicación de la reforma del artículo 332 del código penal, el sistema penitenciario de Honduras se vio colapsado porque el número de internos llegó a ser muy superior a la capacidad del sistema, con los resultados que ya todos conocemos.

Estas medidas llevaron a producir también algunas mutaciones en las prácticas grupales. Ahora los nuevos integrantes de estos grupos no se tatúan, no se visten como se vestían ni se comunican como acostumbraban, resultando entonces que ahora son menos visibles de lo que ya eran.Dentro de dos semanas escribiremos sobre otros grupos tribales urbanos.
*Policía y sociólogo
ESTE ARTICULO NOS FUE ENVIADO POR SU AUTOR GUSTAVO SANCHEZ

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