SERVIR Y PROTEGER

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"Tiempo que pasa, verdad que huye" Edmond Locard (1877 - 1966)

domingo, 17 de agosto de 2008

AUNG SAN SUU KYI: LA PACIFISTA QUE ESPERA


Es la figura emblemática de la oposición birmana contra la dictadura militar que ocupa el poder desde 1962. El año próximo, la ganadora del Premio Nobel de la Paz en 1991 cumplirá dos decenios de arresto domiciliario en su país, Myanmar (ex Birmania). En estas líneas, la historia de su lucha -en la que sólo usó las armas heredadas de Gandhi-, contada por un argentino que intentó visitarla


Ganó el Premio Nobel de la Paz (1991), seguido de los premios Nehrú, Olof Palme y muchos otros, en reconocimiento a su trabajo por la pacificación y la hermandad de los pueblos. Pero el mundo sigue mirando hacia otro lado, mientras Aung San Suu Kyi está próxima a cumplir veinte años de prisión domiciliaria luego de que, en 1988, al fundar la Liga Nacional para la Democracia, se convirtiera en el ícono de la no violencia, los derechos humanos y la democracia en Myanmar (ex Birmania). Sin embargo, la solitaria continuadora de Gandhi, Mandela y Luther King no desespera.


Rodeada por India, China, Tailandia, Laos y Bangladesh, y con una población que dobla a la argentina, Birmania ha dejado de llamarse así por decisión de la dictadura que la gobierna. Incluso, sus gobernantes cambiaron la capital, Yangón (o Rangún), por un búnker alejado, llamado Nay­pydaw. Auténticas avestruces, viven allí encerrados sin conseguir que las pocas delegaciones diplomáticas que tiene el país se muden al nuevo nido.


La Birmania que fue "centro del mundo" en el siglo XI , junto a su vecina Angkor (hoy en Camboya), que tenía la friolera de un millón de habitantes mientras París y Londres eran apenas villorrios, supo ser el centro del budismo Theravada (el que no acepta reencarnaciones de Buda). Saltando siglos, en 1755 se fundó la ciudad de Yangón junto a la Pagoda de Oro, que nunca fue considerada una de las maravillas de mundo porque a Birmania le ha tocado la segunda línea en casi todo...


Ocupada más tarde por los ingleses casi como un apéndice de la India, volvió luego a los birmanos, y en 1940 el general Aung San, padre de Milady Suu Kyi, fue nombrado Padre de la Patria. Tierra de traiciones, Aung San fue asesinado en 1947 por sus propios compañeros, cuando apenas contaba 32 años.


Casualidades del devenir histórico hicieron que Aung San Suu Kyi, la hija que devendría heroína, viajara a Yangón para visitar y cuidar a su madre enferma, en 1988. Vivía en Oxford, donde estudiaba y donde se había casado con Michael Aris, doctor en lenguas sánscritas. Ese viaje coincidió con el primero y único llamado a elecciones durante el período dictatorial.


El general Ne Win, fiel a la numerología que preside el pensamiento birmano (conforme a los ocho signos de su zodíaco y a la división por ocho de todas las cosas, que abarca hasta la semana -cuenta con ocho días pues se parte el miércoles en dos mitades-) convocó a esas "elecciones" el 8 del 8 del 88...


Los amigos de Milady (así la llaman), que conformaban una diezmada minoría, lograron convencerla de ponerse a la cabeza del movimiento opositor, con el que triunfó.


Ese fue el comienzo del calvario: en julio de 1989, miembros de la inteligencia militar irrumpieron en su casa, la acusaron de "poner en peligro la seguridad del Estado" y la sometieron a la prisión domiciliaria que todavía padece.


Cómo acercarse


¿Qué pudo haber atraído al argentino que firma estas líneas a Rangún, la fascinante capital de Myanmar, de ocho millones de habitantes?


Por un lado, porque es uno de los países más exóticos del mundo, por su aislamiento. Y, además, había conseguido el restringido permiso oficial con el secreto propósito de conocer a Aung San Suu Kyi.


Hace 23 años, en 1985, yo había visto en un teatro de la Cartoucherie, en París, una obra conmovedora dirigida por Arianne Mnouchkine: La terrible e interminable historia de Norodom Sihanouk, rey de Camboya.


Tracé paralelos: habían pasado años y aquella historia no había sido, afortunadamente, interminable, puesto que Norodom Sihanouk pasea -pude comprobarlo- por los jardines de su palacio real en Phnom Penh, la capital de Camboya, después de haberse extinguido (¿o debilitado?) la fuerza salvaje del Khmer Rouge.


Los puntos de coincidencia eran varios: las culturas birmana y khmer, vecinas y rivales, habían sido, con sus dos grandes centros -Bagan y Angkor, en el siglo X-, dos coetáneos centros culturales o, más precisamente, centros de poder político y desarrollo espiritual a la cabeza de un mundo aún no globalizado, pero en el que se ejercían ya los grandes liderazgos.


En Yangón, acercarse a Aung San Suu Kyi, Milady, en su casa de la avenida de la Universidad número 54, fue una tarea bastante más difícil de lo que pueda suponerse, y aunque se cuente con un permiso especial no fue suficiente. Cruzar la barrera que dos orgullosos guardias defendían fue imposible.


En esos días de enero de 2004, aproximándose a los sesenta años y después de una internación hospitalaria, ella había vuelto a un régimen de mayores restricciones.


En el escenario


Me detuve a contemplar la contrafigura de Suu Kyi, su verdugo: el ex dictador Ne Win, que a los 91 años había muerto en la Navidad de 2002, rodeado de sus astrólogos. Caí en la cuenta de ciertos sincronismos: también él se encontraba en prisión domiciliaria, condenado por sus propios compañeros y muy cerca de la casa de Suu Kyi, frente al mismo lago -el pintoresco Inya-, también en la avenida de la Universidad.


Sentí que el aliento épico de la historia lo vinculaba a los viejos modos de la tragedia. Y regresé con esta idea, junto a lo que pude observar y recoger del fascinante teatro popular callejero Pwe, contestatario, transgresor en lo político y en lo sexual (representado por varones que hacen también los personajes femeninos), cuya música y emociones el viajero se lleva en el alma.
Si las cosas siguen así, no podré volver a Myanmar. Mi nombre integra la pobre lista negra de los que preguntamos o pedimos permiso para visitar a Milady.


Por Daniel Suárez Marzal


El autor de esta nota es director teatral y régisseur. Fue director del Instituto del Centro Andaluz de Teatro de Sevilla y del Teatro Argentino de La Plata.

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