SERVIR Y PROTEGER

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"Tiempo que pasa, verdad que huye" Edmond Locard (1877 - 1966)

jueves, 17 de julio de 2008

LOS INSECTOS SON LOS PRIMEROS QUE LLEGAN AL LUGAR DEL CRIMEN


Nacida en Madrid, García Rojo se licenció en Biología por la Universidad Complutense de Madrid y se especializó en entomología forense en la Universidad de Alcalá de Henares. Esta amante de los insectos, integrada en la Sección de Antropología Forense de la Comisaría General de Policía Científica, sabe cómo sonsacar información a las criaturas aladas recogidas en el escenario de un delito.


Desde hace unas décadas, los científicos de la policía recurren a la llamada fauna cadavérica, insectos y otros artrópodos, para establecer la data o fecha de la muerte, determinar la época del año en que sucedió y verificar si el cadáver fue o no trasladado del lugar de los hechos.


Los insectos que pululan en la escena de un delito ayudan a la policía a resolver, además de homicidios, casos de suicidio, violación, narcotráfico, terrorismo, secuestro, maltrato infantil e, incluso, abandono de ancianos (ver MUY n. 277).


Sin duda alguna, la serie CSI ha popularizado el empleo de estos confidentes liliputienses en medicina legal, y lo ha conseguido gracias al inefable Grissom, el oficial superior del CSI cuya devoción por la entomología le ha llevado a tener como mascotas un puñado de escarabajos y gusanos exóticos.


–¿Siente la misma fascinación por los insectos que el protagonista de la serie? –

No llego a esos extremos, pero me considero como él una enamorada de los artrópodos. En la carrera, no dudé un momento en concentrar todos mis esfuerzos en estudiar todas aquellas asignaturas que en aquel momento se impartían en relación con la entomología. Tras licenciarme, empecé a trabajar en la Policía y fue entonces cuando se me ofreció la posibilidad de poner mi formación entomológica al servicio de la investigación policial.


Mis estudios de postgrado me permitieron conocer a fondo cómo trabajan los entomólogos forenses a nivel de investigación que se realiza con modelo animal, concretamente con cerdos domésticos; qué metodología se emplea en la toma de muestras y qué significado tiene la presencia de uno u otro insecto, así como la climatología, en el establecimiento del intervalo post mortem, es decir, el tiempo durante el cual el cuerpo muerto ha estado expuesto a la actividad de insectos y otros artrópodos.


–Ahí tiene otro punto en común con Grissom. En un capítulo, éste también sacrifica un cerdo y lo deja a la intemperie para verificar la sucesión de insectos recogidos en el escenario de un homicidio. –

Sí, es verdad. Este animal nos sirve de modelo experimental para estudiar la fauna sarcosaprófaga y el desarrollo de su ciclo vital en determinadas circunstancias ambientales. Ahora bien, permítame que le haga una crítica a este tipo de series televisivas: pueden crear en el profano expectativas poco realistas en cuanto a la celeridad y el grado de certeza en las investigaciones criminales.


–Realmente tiene que ser muy complicado rastrear las claves de un delito entre la maraña de bichos y las huellas que dejan éstos en el lugar de los hechos. –

Los insectos suelen ser los primeros en llegar a la escena del crimen. En los cadáveres, se produce una sucesión progresiva de artrópodos que utiliza los restos en descomposición como alimento. Smith, un entomólogo de la Sociedad Británica de Historia Natural, los ha clasificado en cuatro grupos: los necrófagos, que se nutren del cadáver; los necrófilos, que se alimentan de los anteriores; los omnívoros, que devoran todo lo que hallan en su camino; y los accidentales, que utilizan el cuerpo como una extensión de su hábitat natural.


La sucesión es predecible, ya que cada estadio de la putrefacción atrae a unos determinados comensales, y cuando no se produce es porque ha habido alguna alteración: corrientes de aire, traslado del cuerpo... Ahora bien, no podemos decir, como antes se aseguraba, que primero acude el insecto A, luego el B, después el C y así sucesivamente.


–¿Pero cómo determinan el tiempo transcurrido desde la muerte de una persona a partir de larvas, huevos, pupas y demás evidencias entomológicas? –

Si el cadáver se halla en las primeras fases de la descomposición, generalmente basamos las estimaciones en la tasa de crecimiento de dípteros. El estudio lo realizamos mediante el cálculo de lo que se denomina días u horas grado acumuladas por los insectos, que nos da a conocer las unidades térmicas que éstos consumen en los distintos estadio de su desarrollo hasta que alcanzan la edad adulta.


Para realizarlo, tenemos que conocer las temperaturas en los días anteriores y posteriores al hallazgo del cadáver, si éste se encuentra a temperatura variable. Mediante unas fórmulas matemáticas, correlacionamos los registros del observatorio meteorológico de la zona con los que nosotros tomamos en el lugar de los hechos. Por otro lado, si con lo que estamos trabajando son estadios intermedios de insectos, disponemos de unas curvas publicadas en revistas científicas que permiten establecer a diferentes temperaturas, pero en este caso constantes, el tiempo que tarda en madurar un determinado artrópodo.


–¿Y si el cuerpo se encuentra ya muy deteriorado? –

Entonces cambiamos de estrategia. En este caso, analizamos la composición y grado de crecimiento de la comunidad de artrópodos encontrada en el cadáver y la comparamos con patrones conocidos de sucesión de fauna para el hábitat y condiciones más próximas. –Ciertamente es una labor de investigación ardua y delicada... –No le quepa la menor duda. A veces me dejo los ojos observando “bichitos” bajo la luz de la lupa estereoscópica y del microscopio.


Antes de ponernos a investigar cómo la temperatura afecta al ciclo vital del insecto, tenemos que realizar una serie de pasos que en mi opinión son básicos. Por ejemplo, cuando las muestras que llegan al laboratorio son de ejemplares inmaduros, hay que tener en cuenta que para efectuar la identificación prima el insecto adulto. Esto es así independientemente de nuestra experiencia en gusanería y del asesoramiento que nos faciliten otros entomólogos.


Conviene, pues, criar a temperatura constante huevos, larvas y pupas en la cámara de cultivo, para facilitar el trabajo taxonómico y determinar con certeza que se trata de tal o cual especie. En segundo término, hemos de confirmar que el artrópodo que tenemos entre manos pertenece a la fauna local del lugar de los hechos. No hay que olvidar que los insectos cadavéricos hallados en el cadáver son miembros habituales de la fauna del lugar, salvo que el cuerpo haya sido cambiado de sitio.


–¿Y siempre cuentan con esta información tan concreta? –

Para elaborar el informe policial, aparte de pedir ayuda a colegas nacionales e internacionales, tienes que disponer de una fuente bibliográfica importante y actualizada. En ocasiones, nos vemos obligados a trabajar con datos de fauna que no es ibérica, debido a que no existen publicaciones al respecto.


Poco a poco, la situación está cambiando. Algunas universidades ya están trabajando en temas relacionados con la entomología forense, como son el estudio de la composición faunística de la comunidad sarcosaprófaga en una región concreta, el desarrollo de los ciclos vitales de las principales especies necrófagas en distintos ambientes y a diferentes temperaturas en condiciones de laboratorio, y están confeccionando tablas de crecimiento para las especies candidatas a establecer el intervalo post mortem.


Paralelamente, estamos invitando a entomólogos sin el apellido forense a que se integren en esta área de investigación. –Por lo que cuenta, la entomología forense en nuestro país aún se halla, si me permite emplear el símil con el ciclo vital de los insectos, en fase larvaria.


–Nuestro laboratorio apenas lleva cuatro años en funcionamiento. A mediados del año 2002, fuimos invitados a asistir al primer seminario de entomólogos forenses europeos, que se celebró en las oficinas centrales de la Gendarmería francesa, en Rosny Sous Bois. De la reunión nació la Asociación Europea para Entomólogos Forenses (EAFE), un lugar de encuentro que nos permite intercambiar información, hacer consultas y conocer qué están haciendo ahora mismo nuestros colegas de Estados Unidos, de Australia y, por supuesto, de Europa.


Nosotros también aportamos nuestro grano de arena. En la cita de este año, que tuvo lugar en el Museo de Historia Natural de Londres, presentamos un póster sobre cómo determinamos el intervalo post mortem del cadáver de un hombre de unos 40 años hallado en una zona forestal de la localidad burgalesa de Aranda del Duero. A partir de los dípteros y coleópteros recogidos en la autopsia, que se practicó el 23 de septiembre de 2002, pudimos precisar que la víctima fue expuesta a la colonización de la mosca Calliphora vicina entre la tarde y el inicio de la puesta de sol del 12 de septiembre y el mediodía del día siguiente. Para ello, contamos con la ayuda del prestigioso entomólogo forense Neal Haskell, de la Universidad de Indianápolis.


–Respecto a lo que están haciendo sus colegas, ¿qué destacaría como más novedoso? –

La entomología forense sirve fundamentalmente para establecer la data de la muerte, pero buscamos también, de hecho en otros países ya se hace, el compromiso de otras disciplinas, como la bioquímica y la genética. Sin ir más lejos, el ADN nuclear permite determinar el perfil genético humano que puede estar en el contenido gástrico del insecto necrófago que se ha alimentado de la materia putrefacta; y disponemos de técnicas de ARN mitocondrial que están facilitando la identificación de los artrópodos cadavéricos.


En otras líneas de investigación, el entomólogo Ian Dadour y sus colegas de la University of Western Australia trabajan en la determinación de residuos de disparo en larvas, y en la Universidad de Bari, en Italia, estudian el contenido gástrico de los gusanos para la detección de estupefacientes. –Su laboratorio trabaja a nivel nacional.


¿Cómo hacen para atender todos los casos? –

Integrado en la Sección de Antropología, nuestro grupo está constituido por dos personas: una inspectora, que es veterinaria, y yo. Está claro que nosotras no podemos atender personalmente todos y cada una de las inspecciones oculares de los escenarios del país donde se ha cometido un delito que requiere la presencia del entomólogo forense. En nuestra actuación, seguimos el criterio dictado por nuestros superiores, que establece que nos personemos siempre que sea posible. Obviamente, cuando es necesaria nuestra intervención y no podemos acudir al lugar de los hechos, la recogida de las evidencias entomológicas ha de realizarse también de manera correcta. Los expertos en inspección ocular de la Policía Científica han sido entrenados para hacer esta tarea. –


¿Cómo fue su estreno como entomóloga forense? –

En la primavera de1998 estudiamos la fauna cadavérica de una mujer en estado preesquelético que apareció en la localidad barcelonesa de Viladecans, cerca de la autopista A7. La víctima presentaba lesiones por arma blanca en vértebras cervicales y en el ojo.


No puedo entrar en detalles porque la investigación sigue abierta. –Desde entonces habrá adquirido una amplia experiencia... –En nuestra corta existencia, hemos analizado aproximadamente 55 casos forenses. Enrique M. Coperías


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