SERVIR Y PROTEGER

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"Tiempo que pasa, verdad que huye" Edmond Locard (1877 - 1966)

domingo, 20 de julio de 2008

ADOLF HITLER UNA TRAGEDIA QUE NO CESA


Resultaría inverosímil presumir que hoy, en cualquiera de los museos de cera del mundo, algún visitante enceguecido por la furia quisiera decapitar, al grito de "¡Nunca más guerra!", la figura, pongamos por caso, de Julio César.


¿Por qué? Porque esa evocación del emperador romano ya no es expresión de conflictos vigentes sino de conflictos que han perdido actualidad, o sea de tensiones, confrontaciones, problemas y valores sustancialmente digeridos por la Historia. En otras palabras: los dos mil años transcurridos han desplazado completamente del escenario del presente la significación de Julio César, por más emblemática que ella, en tantos aspectos, nos siga resultando.


Esta metabolización del ayer por parte del hoy no parece en cambio cumplida con el nazismo ni tampoco, claro está, con la figura de su conductor, Adolf Hitler.



El solo nombre de Hitler sigue produciendo horror y repulsión en quienes no olvidan los millones de muertos que acarreó la Segunda Guerra Mundial ni el mayor holocausto contemporáneo.



Quiero decir que ponen de manifiesto, como una herida que no termina de cerrar, un dolor no asimilado.



Su figura y todo lo que ella implica no remiten a lo que ya nada nos dice del presente sino a algo cuya vigencia es palpable, a lo que está vivo todavía; a algo, en suma, de lo cual el pasado no termina de apropiarse.



Son, pues, el nazismo y Adolf Hitler, símbolos o referentes de una tragedia activa, cuyo alcance incide profundamente en la sensibilidad de nuestra época.


La prensa mundial registró a comienzos de este mes de julio un hecho que conmocionó a la opinión pública. El día de la inauguración del museo de cera de Madame Tussauds de Berlín, un visitante burló la vigilancia y, precipitándose sobre la figura de Adolf Hitler allí expuesta, la decapitó mientras gritaba: "¡Nunca más guerra!"


Con prescindencia de lo que en términos policiales e incluso psicopatológicos pueda decirse sobre el agresor, lo cierto es que su reacción ante la estatua del Führer puso de manifiesto un sentimiento de repudio colectivo que bien lejos está de encontrarse amortiguado por el paso de los años transcurridos.



Por el contrario: lo que a todas luces evidencia el gesto del atormentado visitante que arrancó la cabeza de la estatua de Adolf Hitler es que el significado del dictador alemán no ha terminado de distanciarse de la actualidad como para que su presencia sea neutralmente tolerada.



El pasado aún no lo incorporó. Hitler continúa formando parte del presente. Remite a lo que aún nos sucede. Sigue operando sobre la actualidad, como el espectro tenaz de un muerto sin sepultura. Es inexplicable que no lo hayan estimado así los responsables alemanes del museo recién inaugurado. Ellos, tras lo sucedido, trataron de explicarse a través de un vocero de la institución, Uwe Kozelnik.



Este argumentó que "para no glorificarlo (a Hitler) se lo quiso representar como un hombre acabado". Pero la explicación resulta endeble. Sobre todo si se atiende al hecho de que, según también se dijo, la imagen estaba expuesta detrás de una mesa "para impedir que algún admirador se fotografiara a su lado".



Si fue posible pensar que esto podía ocurrir ¿cómo descartar la hipótesis opuesta, o sea la de que alguien pudiera encontrar esa estatua de cera ofensiva, saltar sobre ella y dañarla?


Corresponde por último preguntarse si al exclamar "¡Nunca más guerra!" mientras procedía como lo hizo, el destemplado agresor del museo berlinés no estaba expresando la desesperación de incontables personas que, en todo el mundo, advierten con desaliento que los hombres no dejan de aniquilarse y que la Shoá no termina de convertirse en una lección aprendida.



http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1031603


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